El 1 de diciembre de cada año, activistas y asociaciones de todo el mundo se unen para apoyar a las personas que viven con VIH y luchar contra los estigmas que persisten en torno a una realidad que se acerca a ser una historia de 5 décadas. Pese a los avances, la realidad del VIH y del SIDA sigue siendo objeto de prejuicios y una importante invisibilización, fenómenos mantenidos por la falta de determinación en el desarrollo de una educación sexual integral.
Esta situación tiene impacto directo en las personas que viven con VIH. El peso del estigma afecta negativamente la salud mental y el autoestima, dificulta el acceso a la atención sanitaria y amplifica la exposición a situaciones de riesgo, lo que está estrechamente vinculado a mandatos sociales sobre el género y la sexualidad.
Cristian Ortega, psicólogo clínico y candidato a Doctor en Psicología de la UDP, se ha sumergido en este campo para intentar determinar si los hombres que tienen sexo con otros hombres (HSH) y que viven con VIH tienen peores indicadores de salud mental. En este camino, gracias al contacto directo esta población, ha podido demostrar que el estigma internalizado es una realidad muy común y que la culpa y la vergüenza siguen siendo los obstáculos principales para disfrutar de una vida y una sexualidad plenas, libre de serofobia.
En esta entrevista con Género UDP, Ortega entrega detalles de su investigación y por qué es urgente avanzar hacia una comprensión desprejuiciada y silenciada de la realidad del VIH.
De acuerdo a lo que has podido observar en tu investigación, ¿Cómo se construye actualmente el estigma social asociado al estado serológico positivo? ¿Cómo ha evolucionado desde su origen en los años 80?
En la construcción del estigma y autoestigma asociado al VIH convergen múltiples dimensiones psicosociales que se articulan histórica y culturalmente. Entre los factores más relevantes se encuentran el miedo persistente al virus, la desinformación sobre las vías reales de transmisión, la ausencia de educación sexual integral, así como prejuicios basados en sexualidad, género, clase social y moralidad. Estos elementos se entrelazan con formas de discriminación estructural que han afectado de manera desproporcionada a hombres homosexuales, bisexuales y otros hombres que tienen sexo con hombres (HSH), reforzando imaginarios patologizantes y moralizantes.
Si bien el VIH ha experimentado una transformación radical desde los años 80 —pasando de ser considerado una enfermedad casi invariablemente mortal a una condición crónica manejable— el estigma no ha evolucionado con la misma rapidez. A pesar de los avances biomédicos y terapéuticos, persisten creencias ancladas en el pánico moral de las décadas iniciales de la epidemia. Esto se manifiesta en relatos de personas que, tras el diagnóstico, experimentan ideación suicida, expulsión del hogar, ruptura de vínculos familiares y aislamiento social. Dichas experiencias generan un círculo de ostracismo y sufrimiento emocional que incrementa el riesgo de síntomas depresivos y se convierte en una barrera crítica para el acceso oportuno al tratamiento, la adherencia y la continuidad en el cuidado.
En contextos sociales y religiosos conservadores, el VIH continúa asociado a narrativas de “culpa”, “castigo” y desviación moral, reproduciendo discursos que responsabilizan al individuo y silencian completamente los determinantes sociales, estructurales y culturales del virus. Este tipo de interpretaciones no solo profundiza el daño psicológico, sino que también limita la capacidad de las personas de buscar apoyo, revelarlo en entornos seguros y acceder a servicios de salud sin temor al juicio o la discriminación.
¿Qué impacto tiene el estigma sobre el VIH y, en general, el tabú sobre la educación sexual integral en la forma que los hombres que tienen sexo con otros hombres se representan así mismos? ¿Qué cambios ejerce en sus modelos de masculinidad?
El impacto del estigma asociado al VIH y del tabú en torno a la educación sexual integral no puede comprenderse sin considerar las normas socioculturales que regulan la sexualidad masculina. El heterosexismo, el machismo y las desigualdades de género generan un entorno en el que los hombres que no se ajustan a la heterosexualidad hegemónica encuentran dificultades para experimentar, expresar y validar sus identidades de manera plena. En este contexto, la auto-representación de hombres gays, bisexuales y otros HSH ha sido históricamente compleja y continúa siéndolo.
Estos factores presionan a los HSH a negociar permanentemente su identidad en relación con modelos de masculinidad restrictivos, que valoran la fuerza, el control emocional y la distancia de todo lo asociado a lo “femenino”. La discriminación hacia lo femenino —incluyendo expresiones de género no normativas— opera tanto desde la sociedad en general como dentro de la propia comunidad LGBTI+, lo que produce tensiones internas, conflictos identitarios y jerarquías que regulan qué formas de ser hombre son consideradas legítimas.
En este entramado, el VIH se convierte en otra dimensión identitaria que suele quedar marcada por el ocultamiento, la vergüenza y la culpa. Los mandatos masculinos dominantes —que exigen autocontrol, invulnerabilidad y pureza sexual— chocan con la realidad de vivir con VIH, reforzando sentimientos de fracaso, estigma internalizado y temor a la exposición social. Así, el virus no solo opera como una condición biomédica, sino también como un marcador simbólico que interfiere en la construcción subjetiva de la masculinidad.
La ausencia de educación sexual integral profundiza aún más estas tensiones, al limitar el acceso a información veraz, al reforzar mitos sobre sexualidad y al perpetuar la idea de que las prácticas disidentes deben ser silenciadas. Esto dificulta que los HSH desarrollen modelos de masculinidad más flexibles, saludables y congruentes con sus experiencias reales.
En tu investigación introduces el concepto de “autoestigma asociado al VIH” ¿A qué se refiere y cómo se manifiesta en HSH y hombres que viven con VIH? ¿Qué efectos tiene en su vida sexual, familiar y social?
Uso este concepto para describir el proceso mediante el cual una persona internaliza los estigmas sociales vinculados al virus, incorporando creencias negativas, juicios morales y expectativas de rechazo que provienen del entorno cultural. El autoestigma se expresa en pensamientos y emociones como vergüenza, culpa, autodesprecio, miedo a revelar el diagnóstico, baja autoestima y la percepción de no ser digno de afecto o cuidado. Este conjunto de experiencias subjetivas constituye un mecanismo central que diferencia, en parte, los indicadores de salud mental entre personas que viven con VIH y aquellas que no.
En hombres gays, bisexuales y otros HSH —así como en hombres que viven con VIH— el autoestigma adquiere formas particularmente intensas debido a la intersección de múltiples estigmas: el vinculado al VIH, el asociado a la disidencia sexual y los mandatos de masculinidad hegemónica. Esta combinación produce un escenario emocional complejo en el cual la identidad, la sexualidad y el estado serológico se entrelazan como fuentes de conflicto interno.
Los efectos del autoestigma se observan en distintas esferas de la vida. Respecto a la vida sexual, el autoestigma puede generar fantasías de contaminación, percepciones de que la propia sexualidad es “sucia” o peligrosa, miedo a transmitir el virus pese a contar con tratamiento, o rechazo del propio deseo. Esto puede traducirse tanto en evitación del encuentro sexual como en prácticas arriesgadas, motivadas por desesperanza o baja valoración de sí mismo. En relación a la vida familiar, pueden aparecer temores profundos al rechazo, a la decepción o a la ruptura de vínculos significativos. La vergüenza y la expectativa de ser juzgado moralmente pueden llevar a ocultar el diagnóstico, aislarse emocionalmente o distanciarse de figuras de apoyo.
En muchos casos, ante la anticipación del estigma, pueden surgir percepciones de inferioridad, miedo a ser descubierto o categorizado como “riesgoso”, y fantasías de que la exclusión social es merecida. Esto se acompaña de retraimiento, disminución del contacto social, abandono de actividades comunitarias y dificultades para establecer redes de apoyo.
Desde un punto de salud pública ¿De qué manera todos estos fenómenos descritos impactan en el bienestar y la salud mental de los hombres que viven con VIH? ¿Cuáles son los elementos que deben ser abordados de forma prioritaria?
Desde una perspectiva de salud pública, los fenómenos descritos generan un impacto profundo y acumulativo en el bienestar y la salud mental de los hombres que viven con VIH. El estigma social, el autoestigma, la discriminación, los imaginarios de culpabilidad o “contaminación”, junto con las barreras estructurales en el acceso a servicios sanitarios, producen un entorno de vulnerabilidad sostenida que deteriora la calidad de vida. Estas condiciones se asocian consistentemente con mayores tasas de experimentar las situaciones comentadas anteriormente.
En términos poblacionales, estos fenómenos actúan como determinantes sociales de la salud, afectando no solo la experiencia subjetiva del diagnóstico, sino también el cuidado, los vínculos familiares y sexuales, la participación comunitaria y la continuidad del tratamiento antirretroviral. Se configuran así ciclos de riesgo psicosocial, donde la discriminación y el autoestigma reducen la búsqueda de ayuda, dificultan la prevención combinada y erosionan la percepción de agencia personal.
Finalmente, ¿Qué líneas de acción recomiendas seguir para abordar la situación de los hombres que viven con VIH con el fin de mitigar y prevenir la influencia de los estigmas?
Es necesario avanzar en líneas de acción multicapas que integren intervenciones individuales, comunitarias y estructurales. El estigma opera simultáneamente en los planos social, institucional e intrapsíquico, por lo que requiere respuestas que transformen tanto las condiciones materiales como los significados culturales asociados al VIH.
Una de las estrategias más relevantes es la información basada en evidencia, por ejemplo, para implementar campañas que desmantelen mitos sobre transmisión, tratamiento y vida sexual, visibilizar la eficacia del TAR y del concepto de Indetectable = Intransmisible (I=I) para reducir el miedo y la culpa internalizada e incorporar narrativas que humanicen a las personas que viven con VIH y promuevan una sexualidad no patologizada.
27 Noviembre 2025